Una vez más la incomprensión lectora y la ignorancia campean a sus anchas en la prensa “grande” al dar cuenta de informaciones sobre el movimiento anarquista. La Segunda de Chile acaba de brindarnos un nuevo ejemplo en su edición del miércoles 26 de marzo bajo el título “Ecos de congreso anarquista chileno”, en el que se toma como referencia un trabajo de mi autoría que apareciera en el Nº 52 de El Libertario de Caracas y que fuera luego reproducido en diferentes páginas web: “Anarquismo en Chile: un congreso y bastante más”; artículo que comenzó haciendo referencia al Congreso de Hermenéutica Libertaria celebrado en la Usach los días 6 y 7 de diciembre pasados e intentó luego realizar un muy somero y provisorio repaso de algunos rasgos del movimiento libertario en la región central del país andino.

            El despreocupado cronista de La Segunda comienza diciéndonos que, si bien “pasó inadvertido”, ya “comienzan a aparecer los comentarios del primer cónclave anarquista realizado en Chile”. Ubicado en un lugar del universo desde el cual carece de importancia todo aquello de lo cual no se ha percatado en el momento de su ocurrencia, el sesudo periodista nos hace saber desde un principio que ahora sí, luego que él se hubiera enterado, ha llegado el momento de ocuparse de tanta nimiedad. Y, pudiendo haber elegido entre unas cuantas formas igualmente pésimas de presentar el asunto, nuestro hombre se las ingenió para seleccionar una de las peores y es así que califica al evento de “primer cónclave”. Como debería ser obvio para cualquier observador atento, los anarquistas no pudieron realizar un cónclave, nunca realizaron uno y es seguro que jamás se les ocurrirá en el futuro realizar algo que tan siquiera se le parezca. Esto es así -y no caben dos opiniones al respecto- por cuanto los cónclaves se constituyen en instancias específicas de reunión y toma de decisiones; precisamente aquellas que son propias del consejo cardenalicio de la iglesia católica y tienen por cometido la elección de quien oficiará de allí en más como sumo pontífice. En la Usach, mientras tanto, ningún cardenal se dignó a hacer acto de presencia, no se tomó decisión sobre tópico de especie alguna y mucho menos se eligió un papa. No hubo cónclave pues, ni siquiera en un sentido figurado: sobre todo si tenemos en cuenta que tal expresión deriva del venerable latín cum clave -bajo llave- mientras que la instancia de reflexión académica de la Usach fue enteramente abierta y pudo contar incluso con la presencia del cronista de La Segunda si así se le hubiera antojado en su momento.

            Lejos de agotarse con este exabrupto, nuestro cronista, empeñado en demostrar que no sabe absolutamente nada del tema que ha resuelto tratar tan apresuradamente, continúa con un aguacero después del diluvio y le “informa” a sus lectores que el evento fue “organizado por estudiantes de (la Usach) y de la Universidad de Chile” y que a él “asistieron representantes de variados grupos”. Vaya uno a saber de qué fuente extrajo nuestro escriba el “dato” de que estudiantes de la Universidad de Chile participaron en la organización del Congreso de Hermenéutica Libertaria o cuáles son sus aviesas intenciones al traer a colación algo que no ocurrió: tal vez no se trate más que de un albur periodístico destinado a convencer a sus empleadores de que realizó alguna investigación al respecto. Pero lo que sí resulta menos digerible es que nuestro inspirado lenguaraz aluda a la asistencia de “representantes de variados grupos”. ¡Pues, no! No asistió ningún representante de ningún grupo; y no sólo porque los participantes lo fueron a título individual -nuestro periodista mismo pudo haberlo hecho, tal como lo hemos señalado- sino porque el pensamiento anarquista es, entre muchas otras cosas, una impugnación a fondo del concepto de representación; algo que el cronista ni siquiera se molestó en averiguar.

            Nuestro hombre recurre luego a una frase que pertenece al artículo publicado en el Nº 52 de El Libertario -aunque sólo después de someterla a su implacable tijera- para decir que aquellos “representantes” que a nadie representaron debatieron acerca de las razones por las cuales el anarquismo se ha convertido en motivo de interés para los organismos represivos del Estado y también para la izquierda institucional. Y su amputación tiene sentido, pues la frase en cuestión comenzaba aludiendo al interés de la prensa “grande” chilena: algo de lo cual, precisamente, el adefesio que ha perpetrado el periodista de La Segunda no es más que una magnífica ilustración. Adicionalmente, cabe plantear la salvedad de que mi artículo original no hacía ninguna referencia al interés por el anarquismo sino por los “grupos anarquistas”. En ningún momento atravesó mi mente la idea de atribuir el más mínimo interés en una reflexión teórico-ideológica sobre el anarquismo a la izquierda institucional o a la prensa “grande” y mucho menos todavía a los organismos represivos del Estado. Cada cual en lo suyo: los grupos anarquistas son un estorbo para la izquierda institucional, un elemento más del tratamiento espectacular del que la prensa “grande” hace uso y abuso y una fuente de trabajo para las instituciones represivas. De ahí a comprender cuál es el cuerpo de conceptos y de prácticas que informa a tales grupos hay un abismo infranqueable. Pero, en el mejor de los casos, y aun suponiendo benévolamente que todo ello fuera de otro modo ¡ni siquiera eso fue lo que se discutió!

            Afortunadamente, un instante después, nuestro cronista parece dispuesto a enmendar su propia plana y cita en forma parcial el artículo que ha tomado como base informativa y reconoce por primera vez algo que estuvo realmente vinculado con el Congreso de Hermenéutica Libertaria. Si se me permite la inmodestia y el juego de palabras que resultará, prescindiré de realizar una cita del citante que recortó la cita original y me citaré a mí mismo: “las ponencias en sí abarcaron, con las diversidades y originalidades del caso, buena parte de la temática que los ácratas suelen frecuentar en este tipo de eventos: la situación del movimiento en Chile y en América Latina, la relectura de los clásicos, la investigación histórica, la formulación de ciertos problemas teóricos, las características y los fundamentos de una economía autogestionaria, el rescate de los aportes femeninos, la reflexión sobre las modalidades comunicativas, la pedagogía libertaria, los enfoques anarquistas en literatura y artes visuales, etc.” De eso fue que trató el Congreso a través de las ponencias presentadas tanto como de las discusiones subsiguientes y de nada más.

            Pero, claro, nada de esto es “noticia” ni merece que La Segunda muestre por el asunto el menor interés. Es así que nuestro cronista debe ingeniárselas para captar de otro modo la atención y, en intrépida pirueta cuyas razones permanecerán ajenas a cualquier explicación visible, dice que yo dije aunque no lo haya dicho que hay dos corrientes: una dedicada a la teoría y otra abocada a la acción. Evidentemente, los matices le son indiferentes a un periodista tan agudo y con tamaña capacidad de síntesis, y en ningún momento llega a reportarse que lo que mi artículo intenta hacer no es presentar “corrientes” -que ignoro si las hay con el grado de precisión que se me atribuye- sino “descifrar la infraestructura de las polémicas” habidas en el Congreso a efectos de localizar “la trama de controversias al interior del movimiento anarquista chileno”; por lo menos, agrego ahora, en la región central del país. Ergo: no estoy hablando de corrientes establecidas sino de polémicas: sean éstas enteramente manifiestas o sutilmente latentes. Lo único que ha hecho mi artículo a título interpretativo personal es situar algunos puntos de discusión -ni siquiera la mayoría de los que pudieran establecerse, pero sí más de los que el cronista se ha dignado reconocer pronto y mal- y tratar de asociar a algunas agrupaciones más o menos inclinadas en un sentido o en otro en cada uno de esos puntos. De corrientes, pues ¡nada por aquí y nada por allá!

            Nuestro cronista no acertó una sola vez y su reseña del Congreso estuvo cerca de contar con tantos errores como renglones: no hubo “cónclave” ni “representantes” ni “corrientes”; no se discutió lo que él dice que se discutió y se equivocó incluso a la hora de establecer quiénes habían sido los organizadores del evento; y, para su fortuna, se limitó a decir en qué mes se realizó el encuentro sin arriesgar los días, en cuyo caso seguramente le habría errado de semana. Pero, finalmente, se sale con la suya, pues su único interés queda satisfecho al mostrar la hilacha ya sobre el final, señalando el elemento espectacular que a él le interesa poner de relieve: hay grupos “derechamente violentos” y dedicados a “colocar bombas”, nos dice; lo cual, señalado sin solución de continuidad inmediatamente después de los grupos a los que califiqué de “informales”, parecería constituirse casi en una invitación represiva a la que los Carabineros son tan afectos. En tal sentido, he de aclararle ahora al cronista, dado que no entiende muy bien a qué se refiere el vocablo, que la “acción” más “violenta” que pude presenciar en una okupa fue el hecho de plantar árboles: algo que sin duda contribuye al embellecimiento de un espacio comunitario y también es un gesto de enfrentamiento al calentamiento global.

 

            Pero pasemos ya mismo a lo que es el fondo y la rúbrica del asunto para nuestro agudo mandarín. He aquí, resumido y en su exuberante simplicidad, el mensaje secular de intención criminalizadora: los anarquistas son individuos violentos por naturaleza y la práctica que los distinguió y todavía los distingue es la de “colocar bombas”. Incluso, es de suponer que si el periodista hubiera sido un poco más culto tal vez habría convocado en su auxilio los “conocimientos” acumulados en su momento por la frenología en el campo de la antropología física y por Cesare Lombroso en el ámbito del derecho penal para establecer una relación de perfecta correspondencia entre los anarquistas y los supuestos prototipos delincuenciales. Pero no lo es y por lo tanto se limita a obsequiar a sus lectores con un reporte policial que quiere tener la apariencia de una reflexión política en profundidad. No obstante, el tema de la relación entre la anarquía y los explosivos es trillado y tiene ya bastante más de un siglo de instalación en los recovecos más reaccionarios y desinformados de ese fenómeno al que algunos conocen y designan como “opinión pública”. Por supuesto que dicha relación ha merecido refutaciones que seguramente son del orden de los millares, una vez sumados todos los tiempos y todos los lugares; y, sin embargo, a pesar de ello, cada tanto se hace necesario volver sobre el asunto. Ésta parece ser una buena oportunidad y así lo haremos también en esta ocasión.

            Comencemos por un reconocimiento: el movimiento anarquista ha cometido a lo largo de su peripecia revolucionaria diferentes actos de violencia y lo ha hecho a través de sus organizaciones más amplias, de pequeños grupos o de individuos aislados; algo que sería absurdo desconocer y negar. Sin embargo, esta vinculación no debe ser confundida en absoluto con una relación orgánica, excluyente e indefectible. La comprensión nuclear del pensamiento y las prácticas anarquistas sólo es posible si se los asocia con una crítica radical del poder y con una ética intransigente de la libertad. En ese contexto, la violencia, cuando circunstancialmente hace acto de presencia, sólo puede concebirse como reactiva, y su aparición no se da bajo la forma de una apología inevitable sino como último recurso frente a las exacciones y abusos del poder y en tanto afirmación rebelde de una posibilidad libertaria; o -Malatesta dixit– en cuanto legítima defensa. No ha habido en torno al asunto un placer morboso ni una compulsión sin freno sino apenas un conjunto más o menos extendido de gestos de alzamiento frente a la violencia -esa sí, institucional y permanente- que representan los ejercicios y las estrategias de poder, los privilegios insultantes y las dominaciones sin límite. Detrás de las manifestaciones anarquistas de violencia no podrá encontrarse otra cosa que la mueca insurrecta de los débiles sin remedio y jamás la arrogancia opresora de quienes cuentan detrás suyo con todos los recursos del Estado.

            Tal vez nadie lo haya expresado mejor que Rafael Barrett, un siglo atrás. Allí nos cuenta su visión de un desamparado nocturno, revolviendo con sus manos en procura de comida las latas de basura y encontrando “una carnaza a medio quemar, a medio mascar, manchada con la saliva de algún perro”. Barrett ve al hombre alejarse y cree adivinar que “su apetito no esperaba…” Es entonces que su propio ser se agita y se revuelve: “Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder mis brazos. Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista y admiré el júbilo magnífico con que la dinamita atruena y raja el vil hormiguero humano”. Lo que Barrett recrea en trazos vibrantes y conmovedores es el estremecimiento frente a las injusticias sin cuento; el revulsivo indignado y levantisco frente a “la infamia de la especie”. Pero, incluso así, el propio Barrett lo vive como una tensión desgarradora y matiza en otro lugar sus propias opiniones: “La violencia homicida del anarquista es mala; es un salvaje espasmo inútil, mas el espíritu que lo engendra es un rayo valeroso de verdad”. Y plasma así el drama de la respuesta anárquica que veremos repetirse una y otra vez.

            Repásense uno a uno y con rigor histórico los episodios de violencia a que pudo asociarse el movimiento anarquista y se constatará que siempre la “iniciativa” ha corrido por cuenta de los dispositivos de poder y dominación. El grupo Los Solidarios de Durruti, Ascaso, García Oliver y compañía se formó en 1923, luego del asesinato de Salvador Seguí y de que los matones de Martínez Anido en Barcelona sembraran el terror en las filas anarcosindicalistas. ¿Quiénes fueron las “víctimas” de Simón Radowitzky, de Kurt Wilkens o de Antonio Ramón? ¿acaso no se trató de Ramón Lorenzo Falcón, de Héctor Varela y de Roberto Silva Renard? ¿no fueron éstos los responsables militares de las matanzas de trabajadores habidas en Buenos Aires durante la Semana Trágica, en la “Patagonia rebelde” o en la escuela de Santa María de Iquique, respectivamente? Trasladado el dilema al Chile actual: ¿cabe rasgarse las vestiduras y derramar lágrimas de cocodrilo como hace el cronista de La Segunda frente a esos anarquistas cuya marca de fábrica, según él, no consiste en otra cosa que en “colocar bombas”? ¿cabe hacerlo cuando bien sabemos todos que fueron los “santos inocentes” y los “guardianes del orden” quienes mataron a Claudia López Benaiges o a Alex Lemún o a Rodrigo Revueltas o a Matías Catrileo o a Johnny Cariqueo Yáñez apenas ayer?

            Pero, no: no perdamos demasiado el tiempo atribuyéndole al ignoto periodista de La Segunda razones “pacifistas” y moralizadoras que no tiene. Lo suyo no es más que el fariseísmo de todos los tiempos ocultando detrás de sus palabras su verdadera intención. ¿Cómo puede estar genuinamente interesado en el tema de la violencia quien sólo es capaz de hacer énfasis en una de sus aristas más insignificantes?: ¿se puso este cronista a pensar alguna vez que toda la “potencia explosiva” que pudieron haber usado los anarquistas a lo largo de la historia y en el mundo entero no es más que una fracción ínfima y ridícula de la que dejaron caer los Estados Unidos en una sola noche de bombardeo sobre Bagdad? ¿podrá percatarse nuestro escriba de que los episodios en que estuvieron vinculados los anarquistas no hicieron gala de misiles teledirigidos sino que en ellos quedaron comprometidos sus cuerpos y su ética personal? Una vez más, no; para este tipo de personajes sin escrúpulos ni conocimientos ni sensibilidad no es éste el tema real: lo que se condena en los anarquistas no es la violencia sino haber trascendido las denuncias y las conferencias llevando la desobediencia, la indisciplina y la capacidad de revuelta hasta ese punto. Lo que se condena es precisamente el hecho de tenerse en pie y de andar a partir de una crítica radical del poder y de una ética intransigente de la libertad; y, para colmo, de hacerlo hasta las últimas consecuencias.

            Pero en ese camino no hay recetas sino problemas; no hay recorridos arbitrados sino contextos y devenires. Quien confunde la existencia de polémicas y las traduce como corrientes de interés policial no puede estar en condiciones de avizorar disyuntivas y dilemas, de otear dramas y devaneos. En principio, el ejercicio de la violencia no es más que un tema a resolver. Habrá que repensar nuestra larga travesía histórica y nuestro presente en un tiempo que ya no es el de un siglo atrás; habrá que hincar el diente sobre nuestros objetivos y nuestras realidades y crispar el músculo sobre nuestras rabias y nuestros dolores. Se trata de reflexionar con seriedad y pasión y seguramente lo haremos. Pero el mandarín de La Segunda debería haber extraído de todo esto al menos una lección y es que del resultado de tales reflexiones no habrá de enterarse ni en los pasillos de la Usach ni en una página web ni a través de un artículo mío. Para enterarse realmente tendrá que desprenderse de sus tontos prejuicios, recorrer los zaquizamíes perdularios y aprender los argots del suburbio. Mientras tanto, en todo cuanto le interesa a propósito del tema, no puede esperar de mi parte ni instigaciones ni condenas, ni rima ni desafinación.

 

Daniel Barret

 

 

Referencia: “Ecos de congreso anarquista chileno”; publicado en la edición digital de La Segunda de Santiago, fechado el miércoles 26 de marzo de 2008 (http://www.segunda.cl./modulos/catalogo/Paginas/2008/03/26/LUCSGTO06SG2603.htm?idnoticia=CT8SL1C320080326)

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